22 July 2016

DE HERBICIDAS, TOXICOLOGÍA Y AGRICULTURA DE PRECISIÓN

"Precisiones sobre el efecto del glifosato"
Cecilia González Paredes (*)
El presente artículo tiene que ver con el informe público que el 19 de mayo pasado tuve a bien realizar con relación al Reporte sobre Residuos de Pesticidas emitido por la Comisión Conjunta FAO-OMS -conocida como JMPR.
Como antecedente, indicar que en marzo del 2015 la IARC (Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer) publicó el Reporte 112, tras evaluar la carcinogenicidad de 5 insecticidas y herbicidas organofosforados. Resultado de ello, el herbicida glifosato pasó a la categoría 2A como “probablemente carcinogénico”. En igual categoría se halla la yerba mate servida caliente y lo irónico es que en el Grupo 1 -carcinogénicos- se encuentran el estrógeno y progestágeno, componentes de muchos anticonceptivos orales, sin embargo, estos productos son consumidos y utilizados sin mayor objeción sobre los efectos para la salud.
El JMPR convocó a un Panel de Expertos en seguridad alimentaria, para revisar el informe de IARC y la nueva información disponible. 40 científicos de varios países, con experiencia en toxicología y epidemiología, sin conflictos de interés, realizaron la evaluación y presentaron el Informe #227 (ISBN 2070-2515), el 16 de mayo de 2016, concluyendo que el glifosato -si se hallara presente en la dieta humana- es poco probable que sea genotóxico y, que el mismo no es teratogénico (no genera malformaciones en etapa de gestación).
Pocos saben que el glifosato es un herbicida que se usa en la agricultura convencional por su baja toxicidad y rápida degradación en el ambiente (18 países europeos aprueban su uso). Cabe destacar que toda sustancia química orgánica o inorgánica tiene cierta toxicidad, dependiendo de la dosis letal mediana (DL50). El agua tiene una DL50 de 9000mg/kg, el glifosato 5600mg/kg, la sal de mesa 3000mg/kg y la cafeína de 192mg/kg, siendo esta última ¡la más tóxica de las cuatro!
Periódico La Razón 17/07/2016
Lamentablemente, estudios y monografías sesgadas indican que hay una correlación positiva entre el uso del glifosato y el aumento de enfermedades. Con malas interpretaciones, se da el caso risible, incluso, que el incremento en ventas de productos orgánicos tiene una correlación positiva con el aumento del autismo. Quien no tiene un entrenamiento científico, halla correlaciones erróneas en todo.
Si bien el mejoramiento genético acorta varios años de investigación y pruebas, además de ser más preciso a nivel genético para que un cultivo agrícola genéticamente modificado sea utilizado, debe pasar primero una rigurosa evaluación de riesgo, lo que no se aplica a otros cultivos modificados (el caso de un híbrido por ejemplo). Esta evaluación de riesgo ocurre cada vez y para cada país donde su uso será aprobado o no. Es por ello que es tan importante contar con un marco regulatorio en bioseguridad claro y con el debido respaldo científico.
Cuando ejercí profesionalmente como Reguladora en Bioseguridad, conocí de cerca la realidad de nuestros pequeños productores en el Oriente boliviano. Ellos optaron por la semilla de soya genéticamente modificada al ver que se usaba menos herbicidas (sólo un producto y no una mezcla), no tenían que labrar el suelo gracias a la siembra directa, además que podían hacer rotación de cultivos, con un gran ahorro en combustible y agua dulce, que no siempre podían pagar. Créanme, esa gente come lo que produce: si su producción fuese venenosa, no se le darían a su familia, además que quebrarían económicamente. Los Fitomejoradores e Ingenieros Genéticos, igual tienen familia y tampoco arriesgarían a sus seres queridos.
Hoy se reporta que al menos 85 municipios en Bolivia están afectados por la sequía. ¿Sabía que las plantas producen toxinas para adaptarse a estos cambios? Resulta que esas toxinas ¡sí nos afectan directamente! Recomiendo ver el Reporte PNUD, 2016. La misma producción de papa en los valles ya no es “a la antigua” y aún con uso de pesticidas, no alcanzan más que a 4,6 toneladas por hectárea. Poco aprovechamos los recursos genéticos de los parientes silvestres que albergamos. Argentina ha desarrollado la papa resistente al virus del mosaico severo; Cuba, Brasil e Indonesia también están desarrollando agro-biotecnología propia.
Bangladesh inicia su tercer año cultivando berenjena resistente al ataque de insectos lepidópteros, y los productores no solo están tranquilos sino felices de no usar insecticidas y cosechar con rendimientos reales arriba del 90%. El 2015 aprobaron el ensayo de 3 nuevos cultivos: papa resistente al hongo del tizón, algodón Bt y arroz dorado. Varios países en África están levantando sus voces rechazando la imposición de ONG, entidades europeas y algunas de EEUU, que por años no les permitieron explorar la biotecnología para responder a sus necesidades. Hoy Kenia, Uganda, Nigeria y Malawi, se suman a la biotecnología y han aprobado realizar ensayos con cultivos genéticamente modificados, en búsqueda de soluciones.
Parece descabellado oponerse a lo que la propia naturaleza desarrolla. El 2015, investigadores del Centro Internacional de la Papa, en colaboración con otros descubrieron que el camote que comemos -sin ninguna intervención humana- tiene y expresa genes de Agrobacterium (bacteria que hay en la tierra). No debe extrañar que hasta nuestro genoma no es 100% humano ya que compartimos al menos un 25% con bacterias y otro tanto con virus. Por ello ¿estamos “contaminados” genéticamente? Algunos le dirán que sí, pero no es así.
A la fecha son más de 2.000 publicaciones científicas y 276 instituciones científicas y organizaciones que reconocen la seguridad y los beneficios potenciales de los cultivos genéticamente modificados. Por mi formación en ciencias, debo ser objetiva, razonable y mantener la apertura a la evidencia científica. Me uno a los 110 Premios Nobel en Ciencias y su demanda por una agricultura de precisión para alcanzar la anhelada suficiencia y soberanía alimentaria. Es tiempo que en Bolivia se dé paso al diálogo científico y se deje de lado la oposición basada en emociones y dogmas, algo que lamentablemente ha silenciado el trabajo de muchos científicos.
(*) Cecilia González Paredes es Ingeniera Biotecnóloga Ambiental (México) con Especialidad en Manejo de Biodiversidad (Alemania), Maestría en Biología y Sociedad (EEUU). Trabaja como Especialista en Agrobiotecnología en el Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE)